Get Out: La aterrorizante pérdida de la autonomía

Como cualquier cosa que da miedo, Get Out (Huye) presenta los valores y conflictos de su tiempo. Ya mucho se ha dicho sobre el componente racista. Aunque su importancia es obvia, no es lo que me interesa, porque no creo que sea lo más terrorífico. Pregunto: Si fuera sólo el tema de la negrura, ¿por qué le daría miedo a alguien que no fuera de ese color? Los elementos que dan miedo de la película (la hipnosis, la despersonalización, la operación), ¿son propios del afro-americano? Mi apuesta es que se trata de un miedo más profundo y que sobrepasa la raza: perder la autonomía individual, el control de sí, la libertad.

¿Qué tiene que ver esto con el psicoanálisis? Hay dos aspectos notables. Primero, el psicoanálisis es el producto de una época (¿alguna vez se han puesto a pensar por qué es tan nuevo?) que tiene un tipo de sufrimiento particular, individualista. Segundo, porque se sabe que el psicoanalista (como casi cualquier otra figura de autoridad), abusando de su poder, pudiera llegar a influenciar sobre las personas de tal manera que parece que los domine. Usaré la película para trabajar y ejemplificar estas dos problemáticas.

La pérdida de la autonomía es la verdadera amenaza de Get Out. Hay muchos que dirán que son los blancos y es verdad: ellos son los que encarnan este peligro, cambiando la manera de ser de los negros o directamente apropiándose de su cuerpo. Pero el problema está más allá. Lo que da miedo es lo zombie que parecen los sirvientes; los momentos donde se ve que están ocultando algo que no pueden decir; la parálisis del niño frente a la muerte de la madre; el cambio drástico cuando ven un flash; el estar atado viendo algo que uno no quiere ver; que alguien más se vaya a meter en y dominar su cuerpo; tener que meter a la sirvienta, respondiendo al pasado en vez de su voluntad. En todos estos casos angustiantes, lo que importa es la angustia de la pérdida de la libertad. La raza es completamente irrelevante; sin embargo, la negra es particularmente útil como ejemplo por su sumisión histórica.

A nosotros nos da mucho miedo perder la autonomía porque pensamos que la tenemos en primer lugar. Es tan obvio que “yo hago lo que yo quiera”, que es muy mal visto llevar a alguien a actuar contra su voluntad. Sin embargo, no siempre se ha pensado así: es algo de nuestra cultura. Por ejemplo, si le hubieran prestado atención a su profesor de literatura en bachillerato, se hubieran dado cuenta que en La iliada y La odisea, los personajes piensan estar dominados por los dioses. Hay religiosos radicales que piensan estar comandados por Dios. Más contemporáneamente, se piensa estar determinado por reacciones químicas, neurotransmisores. Otra respuesta posible sería el inconsciente freudiano, bastante particular porque sería yo pero no-yo a la vez; ahí no habría libertad ni autonomía, pero siguiera siendo yo mismo el que lo hace… Antes de responder que alguno está equivocado, convendría poner “yo mismo” (plenamente libre o con inconsciente) en la serie con dioses griegos, Dios judeocristiano y neurotransmisores. La autonomía es la respuesta de una cultura (la nuestra) a por qué hacemos lo que hacemos.

Quizás se dieron cuenta que en la lista de ejemplos angustiantes de pérdida de la libertad en la película, dejé por fuera un ejemplo muy importante: la hipnosis. Fue a propósito, porque me permitirá hacer una transición increíblemente elegante hacia el próximo punto.

Freud empezó con la hipnosis; sin embargo, confesando que él no servía como hipnotizador, conceptualizó que lo que en verdad “hipnotizaba” era el mismo psicoanalista (no el relojito o el péndulo). Su pensamiento: “Si perdemos la autonomía, ¿quién la tiene? ¡Obviamente otra persona!” (No sé si verán lo hermoso de esta solución: se desplaza el individualismo… ¡para volver a instalarlo!) De hecho, esto es una concepción aún más individualista que la que propone Get Out, donde ni es la psiquiatra, sino la taza y la cuchara lo que tiene el poder (por eso, la grabación también despersonaliza). Se le otorga al psicoanalista cierto poder, incluso sobre la verdad: nosotros seríamos los que supiéramos la verdad de algo tan descabellado como la experiencia humana.

Ya queda la pelota en la cancha del psicoanalista, y justamente ahí es donde entra el problema. En rigor, este miedo es muy fundado. Hay psicoanalistas que establecen lo que es bueno o malo por el paciente (el protagonista no quería dejar de fumar, pero se le impone igualmente). Frecuentemente, abusan de los diagnósticos para emitir comentarios clasistas, machistas o de otros modos de segregación. Profesionales incompetentes e iatrogénicos (con una cura que hace más daño que la enfermedad) sobran en todas las áreas.

¿Cómo hace el psicoanalista para no dejar que sus prejuicios dicten el tratamiento? Debe deshacerse de los códigos absolutos de lectura, de pensar que la verdad es absoluta, que las cosas son como son. Para esto, estudia otras culturas (como las que propuse anteriormente); trabaja con el lenguaje (que no le pertenece ni al terapeuta ni el paciente); usa la lógica (para ver las conexiones válidas, sin importar el contenido); trata el caso (en su singularidad universal). Por eso, los psicoanalistas nos vemos tan inútiles cuando nos preguntan qué quiere decir cierta conducta: no tenemos la mínima idea, porque la conducta en sí no dice nada si está por fuera del caso, la cultura, la justificación que da la persona que hizo la acción. En fin, entender que hay diferentes maneras de ver la realidad y que la propia es sólo una más; incluso, pensar que es propia (autónoma) es sólo una más.

Para nosotros, la autonomía es de tanto valor que su pérdida nos aterroriza, como se puede ver en Get Out. Estamos tan enfrascados con la libertad individual que juramos que si no nos controlamos nosotros mismos, seguramente otra persona lo hará. Se mantiene una lógica individualista por donde se vea, de la que los psicoanalistas pueden abusar para discriminar e imponer sus prejuicios. Sin embargo, hay otras maneras de pensar por qué hacemos las cosas, de quitar el “yo-mismo” del centro del mundo: entendiendo otras culturas, el lenguaje, la lógica, hablando con otro, etc. Es un trabajo que necesariamente tiene que hacer un psicoanalista para que sus casos no sean de terror (no soy Jordan Peele, sorry).

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