El debate (ontológico) de los géneros

Últimamente se ha puesto de moda el debate sobre el género, especialmente su cantidad e identidad. Algunos dicen que sólo hay dos (macho y hembra) determinados biológicamente (los hombre tienen XY, mientras que las mujeres, XX). Otros, proponen que “hombre” y “mujer” son inventos de la sociedad, por lo que uno pudiera decidir comportarse como uno u otro; incluso, pudieran inventarse más (poniéndolo en un continuo fluido donde uno sería más hombre o más mujer, o “ambiguos”, o “trans”…). ¿Quién tiene la verdad? Ambos.

Tanto los biologicistas como los construccionistas proponen teorías lógicas y evidentes. Los primeros trabajan con las diferencias anatómicas correspondientes a la presencia de cromosomas XX ó XY, siendo los genitales lo más paradigmático. Esto es así en todas partes del mundo, salvo excepciones muy raras; sería innegable. Pero, si esto es tan obvio e innegable, ¿qué proponen los otros? Que ser “hombre” o ser “mujer” depende de la cultura; por ejemplo, en la estereotípica nuestra, el hombre sería la persona fuerte física y emocionalmente que sustenta a la familia, a quien controla. En otra cultura, ser “hombre” pudiera significar todo lo opuesto (de hecho, ¿qué tanto de eso hacen los “hombres” de ahora?); incluso, hay culturas que tradicionalmente han aceptado más géneros. Esto también es obvio e innegable. Así, tanto los biologicistas como los construccionistas tienen la verdad. ¿Pero cómo?

No sé si ven, pero el problema es que ¡están discutiendo sobre cosas completamente diferentes! Pidiendo pizza uno pregunta “¿De jamón?” y el otro responde, “No, de masa gruesa”. Los biologicistas y los construccionistas no tienen nada que ver porque manejan diferentes ontologías (pensamientos sobre lo que hay). Para los primeros, lo que hay es un organismo, genética, universalidad, lo objetivo, lo natural; para los segundos, una cultura, lenguaje, particularidad, lo subjetivo, lo construido. Así, no es paradójico que estas dos posiciones tan diferentes sean las dos verdad, cuando lo único que tienen en común es las palabras “hombre” y “mujer”, porque ambos hablan de cosas completamente diferentes.

P.S.: Como podrán ver, la imagen de cabecera es errónea. No se trata de lo que está en la mente de la persona, sino en el lenguaje y la cultura. Son estos elementos sociales los que ofrecen géneros, que luego se pueden adoptar. El género no nace del individuo, sino que tanto género como individuo nacen de una cultura.

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Get Out: La aterrorizante pérdida de la autonomía

Como cualquier cosa que da miedo, Get Out (Huye) presenta los valores y conflictos de su tiempo. Ya mucho se ha dicho sobre el componente racista. Aunque su importancia es obvia, no es lo que me interesa, porque no creo que sea lo más terrorífico. Pregunto: Si fuera sólo el tema de la negrura, ¿por qué le daría miedo a alguien que no fuera de ese color? Los elementos que dan miedo de la película (la hipnosis, la despersonalización, la operación), ¿son propios del afro-americano? Mi apuesta es que se trata de un miedo más profundo y que sobrepasa la raza: perder la autonomía individual, el control de sí, la libertad.

¿Qué tiene que ver esto con el psicoanálisis? Hay dos aspectos notables. Primero, el psicoanálisis es el producto de una época (¿alguna vez se han puesto a pensar por qué es tan nuevo?) que tiene un tipo de sufrimiento particular, individualista. Segundo, porque se sabe que el psicoanalista (como casi cualquier otra figura de autoridad), abusando de su poder, pudiera llegar a influenciar sobre las personas de tal manera que parece que los domine. Usaré la película para trabajar y ejemplificar estas dos problemáticas.

La pérdida de la autonomía es la verdadera amenaza de Get Out. Hay muchos que dirán que son los blancos y es verdad: ellos son los que encarnan este peligro, cambiando la manera de ser de los negros o directamente apropiándose de su cuerpo. Pero el problema está más allá. Lo que da miedo es lo zombie que parecen los sirvientes; los momentos donde se ve que están ocultando algo que no pueden decir; la parálisis del niño frente a la muerte de la madre; el cambio drástico cuando ven un flash; el estar atado viendo algo que uno no quiere ver; que alguien más se vaya a meter en y dominar su cuerpo; tener que meter a la sirvienta, respondiendo al pasado en vez de su voluntad. En todos estos casos angustiantes, lo que importa es la angustia de la pérdida de la libertad. La raza es completamente irrelevante; sin embargo, la negra es particularmente útil como ejemplo por su sumisión histórica.

A nosotros nos da mucho miedo perder la autonomía porque pensamos que la tenemos en primer lugar. Es tan obvio que “yo hago lo que yo quiera”, que es muy mal visto llevar a alguien a actuar contra su voluntad. Sin embargo, no siempre se ha pensado así: es algo de nuestra cultura. Por ejemplo, si le hubieran prestado atención a su profesor de literatura en bachillerato, se hubieran dado cuenta que en La iliada y La odisea, los personajes piensan estar dominados por los dioses. Hay religiosos radicales que piensan estar comandados por Dios. Más contemporáneamente, se piensa estar determinado por reacciones químicas, neurotransmisores. Otra respuesta posible sería el inconsciente freudiano, bastante particular porque sería yo pero no-yo a la vez; ahí no habría libertad ni autonomía, pero siguiera siendo yo mismo el que lo hace… Antes de responder que alguno está equivocado, convendría poner “yo mismo” (plenamente libre o con inconsciente) en la serie con dioses griegos, Dios judeocristiano y neurotransmisores. La autonomía es la respuesta de una cultura (la nuestra) a por qué hacemos lo que hacemos.

Quizás se dieron cuenta que en la lista de ejemplos angustiantes de pérdida de la libertad en la película, dejé por fuera un ejemplo muy importante: la hipnosis. Fue a propósito, porque me permitirá hacer una transición increíblemente elegante hacia el próximo punto.

Freud empezó con la hipnosis; sin embargo, confesando que él no servía como hipnotizador, conceptualizó que lo que en verdad “hipnotizaba” era el mismo psicoanalista (no el relojito o el péndulo). Su pensamiento: “Si perdemos la autonomía, ¿quién la tiene? ¡Obviamente otra persona!” (No sé si verán lo hermoso de esta solución: se desplaza el individualismo… ¡para volver a instalarlo!) De hecho, esto es una concepción aún más individualista que la que propone Get Out, donde ni es la psiquiatra, sino la taza y la cuchara lo que tiene el poder (por eso, la grabación también despersonaliza). Se le otorga al psicoanalista cierto poder, incluso sobre la verdad: nosotros seríamos los que supiéramos la verdad de algo tan descabellado como la experiencia humana.

Ya queda la pelota en la cancha del psicoanalista, y justamente ahí es donde entra el problema. En rigor, este miedo es muy fundado. Hay psicoanalistas que establecen lo que es bueno o malo por el paciente (el protagonista no quería dejar de fumar, pero se le impone igualmente). Frecuentemente, abusan de los diagnósticos para emitir comentarios clasistas, machistas o de otros modos de segregación. Profesionales incompetentes e iatrogénicos (con una cura que hace más daño que la enfermedad) sobran en todas las áreas.

¿Cómo hace el psicoanalista para no dejar que sus prejuicios dicten el tratamiento? Debe deshacerse de los códigos absolutos de lectura, de pensar que la verdad es absoluta, que las cosas son como son. Para esto, estudia otras culturas (como las que propuse anteriormente); trabaja con el lenguaje (que no le pertenece ni al terapeuta ni el paciente); usa la lógica (para ver las conexiones válidas, sin importar el contenido); trata el caso (en su singularidad universal). Por eso, los psicoanalistas nos vemos tan inútiles cuando nos preguntan qué quiere decir cierta conducta: no tenemos la mínima idea, porque la conducta en sí no dice nada si está por fuera del caso, la cultura, la justificación que da la persona que hizo la acción. En fin, entender que hay diferentes maneras de ver la realidad y que la propia es sólo una más; incluso, pensar que es propia (autónoma) es sólo una más.

Para nosotros, la autonomía es de tanto valor que su pérdida nos aterroriza, como se puede ver en Get Out. Estamos tan enfrascados con la libertad individual que juramos que si no nos controlamos nosotros mismos, seguramente otra persona lo hará. Se mantiene una lógica individualista por donde se vea, de la que los psicoanalistas pueden abusar para discriminar e imponer sus prejuicios. Sin embargo, hay otras maneras de pensar por qué hacemos las cosas, de quitar el “yo-mismo” del centro del mundo: entendiendo otras culturas, el lenguaje, la lógica, hablando con otro, etc. Es un trabajo que necesariamente tiene que hacer un psicoanalista para que sus casos no sean de terror (no soy Jordan Peele, sorry).

​¿Ganó La La Land por lapsus?

En los Oscars recientes, se anunció que La La Land había ganado mejor película; luego, que esto había sido una equivocación: en verdad había ganado Moonlight. A varios les surgió la duda, ¿se tratará de un lapsus? Exploremos brevemente este concepto para ver si este error reveló que La La Land verdaderamente era mejor.

(Yo sé que ya explicaron que el papel era el que no era. Quizás hasta estaba arreglado. Aprovechemos igual la ocasión.)

Pensemos el lapsus a partir de una definición básica y un ejemplo. Un lapsus es una equivocación que, en tanto manifestación del inconsciente, revela una verdad… como cuando llamas a tu pareja por el nombre de tu ex.

Para tener un lapsus, se tiene que haber hecho algo incorrecto. Acá, estás hablando con alguien, pero la/lo llamas por otro nombre; te equivocaste (y feo). Que se trate de un lapsus implica que en verdad querías estar hablando con tu ex. Así, se supone que tu inconsciente te está jodiendo la vida, mostrando la verdad oculta que tú no te atreves a enfrentar. Por lo tanto, un lapsus implica no nada más que hiciste algo que no era, sino que realmente sí era y lo quisiste decir; aflora tu verdadero ser que quisiste reprimir. Lo hiciste sin querer queriendo.

Interpretar que La La Land ganó por lapsus es hacer un juicio sobre la verdad: equivale a decir, “esta película es mejor que Moonlight”. Pero… ¿Según quién? En el psicoanálisis lacaniano, no se trata de una verdad estable, objetiva. Por lo tanto, esta equivocación no pudiera mostrar objetivamente y definitivamente que una película es mejor.

Una acción jamás confirma una verdad objetiva para el psicoanálisis porque este tipo de verdad no cae dentro de su campo de acción. No le interesan, como a la física no le interesan las metáforas. En vez de lo que en verdad es, el psicoanálisis explora verdades paradójicas, singulares y universales a la vez, históricas, relativas, etc. Por lo tanto, que haya sido un lapsus o no, tampoco sería objetivo, sino producto de una lectura. La verdad con la que trata el psicoanálisis en este caso es más cercana a lo que quería la presentadora a lo que en verdad es, objetivamente.

El problema es, entonces, ¿quién establece qué es un lapsus? Es decir, ¿quién dice qué es la verdad (inconsciente)?

Como sucede con el resto de los conceptos psicoanalíticos, conviene pensarlos en la situación analítica. Al no ser estable y objetiva, la verdad en un análisis se establece entre el analizante (paciente) y el analista (terapeuta). Esto quiere decir que el analista jamás podrá dictar que algo fue un lapsus, sino sólo proponerlo, para que luego sea aceptado por el analizante. Lo mismo pasa con el analizante, quien debe ser escuchado por el analista para que se logre establecer el equívoco como revelación de verdad.

Imaginémonos que Faye Dunaway mañana va a que su analista a hablar de este incidente. Sin embargo, ella asegura que prefiere Moonlight. Su analista insiste tajantemente que no, que eso es una manifestación de su inconsciente: su conducta revela que ella piensa que La La Land es la mejor, y que se debe hacer cargo de eso.

¿Qué pasaría? Probablemente, se sintiera muy culpable; es dudoso que tenga algún efecto positivo. Además, ¿creen que en verdad ella tuviera que ir a un analista para llegar a esta conclusión? Lo más probable es que ustedes mismos lo hayan pensado. Es importante hacer hincapié en esto porque se trata de lo que sería el sentido común: fue una revelación de tu verdadero ser, reprimido por otras instancias sociales. El terapeuta sólo respondiera al mandato social, estableciendo cuál es el verdadero ser según su teoría (elaborada o no). Sería buscar personas perfectas, que funcionen como robots. Si es el psicoanalista quien por sí mismo establece que algo es un lapsus, se vuelve dueño de la verdad, posición antipsicoanalítica por excelencia.

El psicoanálisis, a través del inconsciente, más bien postula que se trata de algo que actúa a pesar de uno, por lo que uno no puede responder. Al interpretar algo como un lapsus, se establece que está actuando esa instancia, no la persona. Que el anuncio se haya debido a esto sólo se establecería como verdad a trabajar entre individuos (propiamente, analista y analizante). Además, de instituirse como lapsus, no pudiera la presentadora hacerse cargo de eso, debido a que no fuera en verdad suyo (sino de su inconsciente, que ella no domina).

Decir que La La Land ganó por lapsus no revela algo sobre la verdad o la presentadora, sino del que habla.

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La La(can) Land

Pese a su aparente simplicidad, La La Land presenta una de las más complejas exploraciones cinematográficas del deseo* que probablemente hayan visto. En particular, el personaje de Emma Stone, Mia, ofrece material para pensar el deseo y su origen. Presentando tres diferentes interpretaciones (individual, social o idiosincrásico) a la vez, invita a contemplar el individuo y su relación con la sociedad a través de la pregunta ¿por qué Mia quiere ser actriz?

Quizás la respuesta más fácil sería: es su impulso individual (“ella goza de ser actriz” en jerga lacaniana vulgar). Se trata de una respuesta pobre pero común: uno es como es por características interiores naturales, de su cuerpo, incluso. Ésta la ofrece ella misma en la audición cantada que es el clímax de la película, donde propone que uno debería soñar y seguir ese designio sin consideración por el otro (a pesar del desastre que pueda hacer, lo tonto que pueda parecer y los corazones que pueda romper).

Sin embargo, esta escena ya introduce una problemática: ella está cantando sobre su tía, quien también fue actriz. Se pudiera pensar que Mia también quiere serlo porque se identifica con ella. Sin embargo, pensémoslo un momento: el sueño de ser actriz, ¿es de Mia o de su tía? Si el sueño de alguien es ser como otra persona, ¿conviene pensar al sueño como exclusivamente de una u otra? Se trata de una canción completamente individualista, pero donde la cantante confiesa que su deseo no responde a ella misma, sino a su tía, creando una compleja significación casi contradictoria. Mia afirma su individualismo cantando sobre cómo otra persona  la ha determinado.

Por último, no es su deseo propio ni su tía lo único que la determina: quien la lleva a explotar su sueño es Sebastian, encarnado por Ryan Gosling. Incitada por él, ella decide preparar una obra para ella misma, dejando de ir a audiciones sin frutos; es decir, pasa de lo social a lo individual. Ni la idea de seguir su propio sueño viene de ella, sino de otro.

El deseo de Mia es paradójicamente individualista. Su sueño propio está dado por otro (la tía); aún más, el mero pensamiento que hay un sueño propio a seguir, le viene socialmente (a través de Sebastian). La La Land explora diferentes lecturas de la problemática relación entre el individuo y la sociedad (incluyendo las duras consecuencias del individualismo, que se suelen no comentar)… pero no presenta la solución. Quizás esto se debe a que no hay una respuesta correcta, sino que cada persona debe tomar una posición frente a ¿su? deseo.

En La La Land, ambos protagonistas siguen y logran su propio deseo, a cambio de la ruptura relacional. La fantasía ucrónica de Mia disparada por la canción que Sebastian toca en el bar, muestra el pedazo del rompecabeza que le falta. Logró su propio sueño (es una actriz famosa), pero al ver a su ex, recomienza lo musical del film (que siempre representa los sueños de los protagonistas). A través de este mundo paralelo de lo que pudo haber sido, el escritor y director Damien Chazelle insinúa que la fantasía se hubiera cumplido si no hubieran pensado al deseo como propio e inmutable.

El final es frustrante para muchos por no cumplir con la unión de los protagonistas. Sin embargo, es sólo la consecuencia lógica de la concepción sobre el deseo con la que terminan los personajes. De haber dejado la terquedad individualista a un lado, pudieron haber estado juntos y felices, bailando y cantando en La La Land.

 

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*Se utiliza “deseo” en aproximación a la noción lacaniana, para pensar algunas de las complejidades que de ahí surgen. Sin embargo, no es exactamente lo que propone Lacan, lo cual implicaría un trabajo mucho más extenso.

Cuando el amor duele

¿Cómo decir el amor, en general? No es lo que me propongo hoy, sino buscar las coordenadas del que duele. Más precisamente, de cierto dolor amoroso: el sacrificial, donde uno se desgarra, se ofrece a sí mismo a la intemperie, a que lo maltraten, a que le sean infiel…por amor.

Dar todo por el otro, a manera condicional y eterna, es amar en nuestra cultura. Quizás el caso paradigmático sería Jesucristo y su Pasión, pero seguro ustedes tienen a alguien en su entorno con estas mismas características, igual de pasional; también, puse links a canciones populares para mostrarlo (por favor, regresen, no se queden en los vídeos). Más allá de decir si esto está bien o mal (no nos competería), exploraremos un poco el sufrimiento asociado con esta manera de amar.

Como la cultura propone que el amor debe ser tanto incondicional como eterno —desconociendo que el amor implica una clasificación y que la gente cambia—, las personas se deben ofrecer como sacrificio para sostenerlo.

Sostener la incondicionalidad del amor es ignorar las implicaciones de escoger, lo que se puede interpretar como siguiendo ciertas pautas. Para algunos, estos serán más obvios: color de piel, tipo corporal, altura; otros, más rebuscados: tono de voz, cualidades de la mirada, olor; incluso, ya decir que te gustan los hombres o las mujeres, es poner una condición. Si hay personas que no te gustan, tu amor no es incondicional.

Entonces, postular la eternidad del amor es ignorar la posibilidad de cambio de las personas involucrada. Si cada uno tiene ciertos parámetros para definir a quién amar, la otra persona tuviera que mantenerse dentro de esos límites, para siempre. Instituir que el amor tiene que ser para siempre, desconoce que se basa en las condiciones y el estar de los involucrados.

Además, sólo se amaría en la medida que se estuviera dispuesto a sufrir por el otro. Así, se pudiera pensar que el problema es que no hay simetría en la relación, dado que uno está dispuesto a arriesgar más, amar más, que el otro (“tú no me quieres tanto como yo te quiero a ti”). El no poder cumplir con las exigencias —realistas o no—, también sería leído como falta de amor a través de la incapacidad (“tú no me quieres porque no estás dispuesto a hacer esto”). En general, cualquier impedimento a ser quien uno verdaderamente es, sería culpa de no amar (“me tienes que querer tal y como soy”).

Todo esto se sostiene en la siguiente lógica absolutista: Si el amor todo lo puede, incluso pudiera colmar lo fallido, lo incompleto y lo agujereado de la experiencia humana… si se está dispuesto a hacer el gran sacrificio. El amor sacrificial buscaría incluso ahogar la diferencia humana, haciendo uno a partir de dos para siempre, asesinando al individuo y el tiempo. “Yo” se tiene que destruir… por amor.

¿Habría otra manera de amar? Sí; por eso abrí este texto con una pregunta de respuesta imposible: no hay el amor, sino muchos diferentes. No me refiero a que cada uno siente cosas diferentes (puesto que esto ya sería una manera de entender el amor: aquello que cada uno, singularmente, siente por otro), sino que la misma definición de amor cambie.

Debido a que estamos sumergidos en la corriente cultural, nos es muy difícil pensar un amor diferente a éste. Pero, en la historia, ha habido muchos, incluyendo la relación de un hombre sabio con un joven inexperto, como pasaba en la antigua Grecia. Acá, no hubiera sacrificio, sino enseñanza. Por ejemplo, a Alcibíades no importaría la belleza física de Sócrates (bien feo que era, por cierto), sino la sabiduría que venía con su vejez (a pesar de que no sabía nada, ¡cuánto sabía!). Es decir, este amor, ni más ni menos, sería pedófilo, homosexual , asimétrico e intelectual (no “pasional”).

Probablemente digas, “No, pero eso no es amor verdadero“, volteando los ojos y con una sonrisa en la cara… “Eso es sólo sabiduría, enseñanza, transferencia.” Pero, ¿qué te hace pensar que tu forma de hacer el amor es mejor que las otras? ¿No estarás respondiendo tú también a los ideales —individualistas, del dolor y atemporal— que corresponden a nuestra cultura?

Quizás habría otra manera de amar. Quizás se pudiera ser uno a partir de dos tomando otros parámetros que no sean el sacrificio. Quizás tome todo un trabajo, pero quizás se pudiera dejar de sufrir por estar buscando siempre a maltratadores, infieles, que hacen llorar todas las noches.

Sería la apuesta de un análisis.

Feliz día de San Valentín.

¡Sé tú mismo! y otras complicaciones

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“¡Tienes que ser tú mismo!” “Lo que pasa es que no te estás dejando ser…” “Él está intentando ser alguien que en verdad no es.”

¿Cuántas veces han escuchado mensajes similares? En nuestra sociedad, hay un evidente empuje: es bueno e importante “ser quien uno verdaderamente es”, natural. Uno tuviera que ser sincero, transparente, honesto, sin recibir influjos o presiones de otros. Esto, siguiendo a Nietzsche y Freud, aún cuando el verdadero ser fuera irracional o “malo”.

Como quizás podrán ver, esto tiene muchos problemas. Primero, ¿cómo puede uno apartarse de una cultura que dice que uno se debe apartar de ella? Segundo, ¿cómo puede uno ser libre si está condenado a serlo? Tercero, ¿queremos una sociedad donde todo el mundo actúa “irracionalmente” o “mal”?

Si la sociedad te dice que “seas tú mismo”, ¡¿cómo serlo?! Supuestamente, la autenticidad te separaría de aquellos empujes sociales (de tus padres, tus maestros, los medios, los políticos, etc.)… sin embargo, la misma sociedad empuja hacia la autenticidad. Así, si tú eres quien verdaderamente eres, ¿lo eres por ti mismo o por la sociedad? No habría manera de saberlo…

Similarmente, si te dicen que eres libre, ¿no es esto ya una esclavitud? Si tienes “libertad plena”, no eres libre; por ejemplo, no puedes no ser libre. La libertad absoluta crea una paradoja: si siempre eres libre, no eres libre a no serlo.

Finalmente, un punto más moral (y menos psicoanalítico): ¿quisiéramos una sociedad donde todo el mundo fuera irracional o “malo”? Ya acá habría una paradoja: ¿cómo sostener la búsqueda del mal? (¿No se pensaría “el mal” como un “bien”?) Quizás (mejor dicho, probablemente), no lo aceptarían en ustedes mismos, pero, aquellas personas que son intrínsecamente malas, ¿convendría que fueran auténticas? ¿Es la autenticidad buena en sí misma, aún cuando pudiéramos ser auténticamente malos? 

En conclusión… La autenticidad es todo un problema. Como ideal social, crea un sistema paradójico: siendo tú mismo, en realidad estás siendo aquello que te pide la sociedad. Se basa sobre una supuesta libertad que nos condena y da rienda a que cada uno saque lo peor de sí.

Frente a una sociedad que empuja hacia la autenticidad, la respuesta más liberadora sería ser uno mismo otro

Naturalmente, ¿buenos o malos?: Freud con Rogers

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La naturaleza de las personas, ¿es buena o mala?

Dos de los psicólogos más importantes que propusieron una respuesta a esto fueron Sigmund Freud y Carl Rogers. (Tranquilos si no saben nada de ellos; acá planteo lo necesario para entender la propuesta.) Por un lado, Freud pensaba que lo contradictorio del hombre era su verdadero ser: oscuro, sexual y agresivo; al revés, Rogers sostenía que la gente tendía naturalmente hacia el bien, hacia su autoactualización. Acá comentaré cómo estas teorías son estructuralmente idénticas (a pesar de los tomates que me arrojarán los psicoanalistas).

Si uno ve a las personas como intrínsecamente malas y el otro, como esencialmente buenas, ¿cómo se puede decir que son parecidas? Una de las ventajas de pensar estructuralmente los sistemas de pensamiento, es que puedes dejar de lado las diferencias nimias, para ver cómo están organizados lógicamente. Así, serían iguales en tanto ambos creían que la esencia del hombre (fuera buena o mala) es luego dañada por un agente externo (la sociedad, los padres, los otros, etc.).

Se pudiera ver esto como su concepción psicopatológica. Al preguntarse, ¿por qué sufre la gente?, la respuesta surge: no se les permite ser como en verdad son. Así, por ejemplo, tus problemas se deben a que la civilización no te deja “ser” aquello oscuro/bonito que en verdad eres (mujer, hombre, libre, exitoso, gay, feliz… lo que uno “es”). Luego, para reducir este sufrimiento, se buscaría retomar esta naturaleza inicial, anterior al trastrocamiento.

Ambos postulan primero un estado de la naturaleza que luego es pervertido por la acción de algún agente externo, encarnado en la civilización. Según Freud, hay impulsos oscuros que la sociedad, a través de los padres, intenta reprimir; mediante la amenaza de castración (“pórtate bien o te vamos a quitar lo más preciado para ti, tu ser”… o algo equivalente, porque nadie dice en verdad eso…), se normaliza a la gente desde lo feo hacia algo más bonito y presentable. Siguiendo a Rogers, es al revés: como la sociedad no ayuda a desarrollar el verdadero yo, bueno por naturaleza, uno debe defenderse, impidiendo el desarrollo auténtico hacia el bien; originalmente, las personas fueran buenas, pero se las llevaría hacia el mal, cohibiéndoles su crecimiento sano, causándoles sufrimiento.

En Freud, siendo uno esencialmente malo, la sociedad lleva hacia el bien; en Rogers, siendo uno esencialmente bueno, la sociedad lleva hacia el mal. Para ambos sistemas de pensamiento, el sufrimiento se debe a que la sociedad impide el desarrollo del verdadero ser.

Pero, hay un pequeño problema… ¿qué es el verdadero ser?

La rana René y su inconsciente (freudiano)

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En los últimos días se ha difundido un meme donde la rana René plantea algo racional y socialmente aceptado, sólo para que otra rana René —cubierta de negro— le proponga hacer algo más instintivo y oscuro; se trataría de dos lados de una misma persona. ¿Qué tiene que ver esto con el psicoanálisis? Básicamente, es la manera que Sigmund Freud concibe el inconsciente.

La mayoría de la gente piensa que quiere lo mejor para sí mismo; por considerarse normal, en general, esto no causa pregunta. Sin embargo, cuando de alguna manera u otra uno hace algo en contra de uno mismo, ahí sí se pregunta por qué. Regresar con el chico que te hizo tanto mal, faltar a citas importantes, pelear innecesariamente, despertarse tarde para eventos relevantes, quedarse bebiendo en vez de estudiar para el examen o preparar el trabajo… en fin, uno no siempre busca lo mejor para sí mismo. Como se piensa que uno sí debería querer lo mejor de sí la tentación al mal exige explicación.

Así, tanto la rana René oscura como el inconsciente freudiano vendrían a dar cuenta del problema de la existencia del mal: serían maneras de dividir al individuo mediante su duplicación. Sigamos brevemente la lógica: Como se diferencia tajantemente entre el bien y el mal, y yo seguramente siempre soy bueno y quiero lo mejor para mí, seguramente habrá otro dentro de mí que me lleve a hacerme daño. Así, frente a la rana René tradicional, se erige la rana René oscura, como frente a la consciencia se postularía el inconsciente; contra la racionalidad, un lado irracional que fuera el doble de la misma persona.

La lucha interna entre el bien y el mal no sería nuevo, en tanto la religión católica lo hubiera difundido por siglos: el diablo contra Dios, peleando en una persona; sin embargo, Freud y la rana René se diferencian, en tanto no serían seres sobrenaturales, sino la misma persona dividida. En cada individuo, habría dos instancias: una lógica y otra ilógica.

Luego, surge la pregunta por el verdadero yo. Si hay dos yo dentro de mí, si yo tengo contradicciones, ¿cuál es el verdadero y cuál engaña? (Es la misma pregunta que se hacen muchos luego de embriagarse.) Freud dice que es la rana René oscura, la contradictoria, la verdadera, por lo que constantemente tildan su pensamiento de pesimista, nihilista, desagradable… ¿Qué tratamiento quedaría, entonces? Y, bueno, amigarse con él: conocer a esta rana René oscura para manejarlo de una manera un poco más familiar.

Además, cabe acotar que tendría una potencia clínica limitada por ser intuitiva y sostener lo que ya todos pensamos. Como se puede ver, esta misma teoría está tan difundida que se ha hecho un meme: se maneja comúnmente; con ella llegan los pacientes en su sufrimiento. Para cambiar esta manera de padecer, ¿sería lo ideal sostener la misma teoría, ir en la misma dirección?

O… ¿quizás habría otra manera de pensarlo? Quizás no se trataría de que uno es tanto racional como irracional, sino que dentro de la racionalidad está la irracionalidad o viceversa… Quizás no haya que postular un hombrecito dentro de uno mismo que conduce las acciones para poder entender esto… Quizás, … por lo menos, un poquito.

PsicFelixMorales en Feminismo Inc.

¡Le agradecemos a Feminismo Inc. por su reproducción de una de las entradas anteriores del blog! Revisen su página para ver otros trabajos sobre la identidad y la diferencia, indispensable para pensar la sexualidad.

Feminazis, aliens, exnovios y otros códigos absolutos de lectura